Jane Ellen Harrison, La piel bajo el marmol

Parece probable, sin embargo, aunque no haya mucha certeza, que la diosa adoptara su nombre de una hierba curativa que se usaba con frecuencia en la Antigüedad, la artemisia, también conocida como Madre de las Hierbas y como Tutsan (tout saint) o Curativo. La artemisia ha sido olvidada por la moderna farmacopea. En el Herbario de Parkinson se dice que la artemisia o ajenjo poseía el poder de echar a los demonios; se empleaba en los ceremoniales del solsticio de verano en la Noche de San Juan para hacer fajines, y recibía el nombre de hierba de San Juan. El herborista Culpeper dice que la hierba, cocida a una temperatura elevada, se usaba para ayudar en los partos y extraer tumores. En pocas palabras, era en esencia un medicamento para mujeres, y a veces se le daba el nombre de parthenium. Otro herborista, Gerarde, toma de Plinio la aseveración de que la artemisia «cura adecuadamente las enfermedades femeninas». Se asegura de manera especialmente enfática que la artemisia crecía con gran profusión en el monte Taigeto, en la Arcadia, lugar donde Artemisa prefería cazar. Un manuscrito del siglo XI nos muestra a Artemisa proporcionándole artemisia al centauro Quirón, el antiguo médico que habitaba en el monte Pelión, en Tesalia. La reputación de la artemisia se extendió hasta la época actual. En el siglo pasado se contaba la historia de cierta chica de Galloway enferma de tisis, que estaba a punto de morir: todo el mundo había perdido la esperanza en su recuperación, pero entonces se escuchó a una sirena, que a menudo daba buenos consejos a la gente, cantando así:
¿Por qué dejáis que la muchacha se muera en vuestros brazos
cuando hay tanta artemisia creciendo en estos pagos[49]?
De inmediato recogieron la hierba, prepararon una infusión y la niña recuperó la salud.