Cuchulain de Muirthemne

Por aquel tiempo vino un día la Morrigu a ver si le curaba sus heridas, porque sólo por su propia mano se podían curar las que él hacía. Y tomó la apariencia de una vieja que estaba ordeñando una vaca con tres ubres. Pasaba por allí Cuchulain, y tuvo sed; y le pidió de beber, y ella le dio la leche de una ubre. «A la salud de quien lo da», dijo él, y con eso se le curó a ella el ojo herido. Después le dio leche de otra ubre, y él dijo las mismas palabras; y después le dio la leche de la tercera ubre. «Toda la bendición de los dioses, y de la gente del arado, sea sobre ti», dijo él. Y con eso sanaron todas las heridas de la Gran Reina.

Cuchulain de Muirthemne

Por entonces vinieron los arpistas de Cainbile al campamento de Maeve, y tañeron sus arpas mágicas; pero los hombres de Irlanda pensaron que quizá vinieran como espías, y los expulsaron del campamento, y fueron tras ellos hasta la gran piedra de Lecmore. Pero cuando ya creían alcanzarlos allí, los arpistas tomaron forma de ciervos, y se fueron. Y fue aquel mismo día cuando Cuchulain, de dos tiros de honda, mató a la marta y al pajarillo amaestrado que tenía Maeve sobre sus hombros

Escohotado, Historia universal de las drogas

Si buscamos un factor común a las muy diversas instituciones de los pueblos antiguos, puede considerarse permanente «el temor universal a la impureza (miasma) y su correlato, el deseo universal de purificación ritual (katharsis)», de acuerdo con los precisos términos de un filólogo[5]. Junto a ese temor y deseo reina de modo prácticamente hegemónico la idea de la enfermedad como castigo divino, manifiesto en términos como el asirio shertu, que significa simultáneamente dolencia, castigo y cólera divina

Cuchulain de Muirthemne

. La casa en la que entraron tenía fama de grandeza, pero la hallaron en ruinas. Había en ella cien mesas de plata blanca, y trescientas de latón, y trescientas de bronce blanco. Y había treinta vasijas con plata pura de España en los bordes, y doscientas aliaras ornadas de oro o de plata, y treinta copas de plata, y treinta copas de latón, y en las paredes había colgaduras de lino blanco con maravillosas figuras bordadas

Cuchulain de Muirthemne

Partió entonces Conchubar, y con él iba Cathrach Catuchenn, una reina de gran nombre, que por amor a Cuchulain había venido del país de España a Emain; y salió entonces con el ejército de Conchubar

Cuchulain de Muirthemne

Y dijo Maeve: «Juro por los dioses por los que jura mi pueblo, que no me acostaré sobre plumas, ni beberé cerveza roja ni blanca, mientras no vea luchar a esos dos toros delante de mis ojos.»

Cuchulain de Muirthemne

¿Me dais a vuestra hija? —dijo. —Te la daremos si tú nos das la dote que pedimos —dijo Ailell—, y que es ésta: sesenta caballos tordos con bocados de oro, y doce vacas que den leche, y con cada una de ellas una ternera blanca de orejas rojas; y que vengas con nosotros, con todas tus fuerzas y todos tus músicos, siempre que vayamos a la guerra en el Ulster.

Cuchulain de Muirthemne

tenía un banquete servido para Fergus, y que era geasa para él dejarlo hasta que se lo hubiera comido

Cuchulain de Muirthemne

Pero Cuchulain se quedó atrás, entreteniendo a las mujeres del Ulster con sus proezas. Hizo nueve proezas con manzanas, nueve con lanzas y nueve con cuchillos, sin dejar que ninguno tocase con otro. Y tomó ciento cincuenta agujas de las mujeres, y las tiró al alto, una tras otra, de modo que cada una entró por el ojo de otra, y así quedaron todas unidas. Luego le devolvió a cada mujer su aguja en su propia mano