Finalmente, en una clasificación, por así decirlo, del funcionamiento del culto, el sintoísmo del Japón antiguo operaba en cuatro esferas: 1. la doméstica, centrando su gratitud en los kami del pozo, la verja, la familia, el jardín, etc., asimismo (citando a Langdon Warner) «los espíritus reconocidos pero no oficiales de la lumbre del fogón, la cazuela, el misterioso genio que preside el proceso de sazón en el pote del adobo y la levadura de la cerveza» [23], además, los padres, los antepasados (influencia confuciana) y, recíprocamente, la gratitud del padre al hijo; 2. el culto comunal, en agradecimiento a los fenómenos naturales del medio en que se vive y a los muertos que venera la comunidad, los ujigami (es decir, los kami del uji, el «linaje local»); 3. los cultos de los oficios, honrando con agradecimiento, en el mismo proceso de trabajo, los misterios y poderes de las herramientas, los materiales, etc. (Hay que recordar que las costureras celebran un réquiem por las agujas perdidas y rotas y que el fundador de la industria perlera japonesa, Kokichi Mikimoto [1858-1955], antes de su muerte celebró un réquiem por las ostras a cuyas vidas debía su fortuna.) Finalmente, 4. el culto nacional, en gratitud al emperador en su palacio, la Casa de la Reverencia, y a sus antepasados preservadores del mundo, el más grande de los cuales, el Gran Kami del Kojiki —nacido como la luz del universo del ojo izquierdo del Hombre Que Invita, tras su victoria sobre la impureza— en la tierra se refleja particularmente en el Gran Santuario de Ise, situado en la cumbre de una pendiente boscosa de grandes rocas y altas coníferas, al que el fiel asciende por una amplia escalera megalítica, como a un zigurat natural
