Graeber&Wengrow, El amanecer de todo

En realidad, ya hemos dado un primer paso. Nos resulta más fácil ver, ahora, qué pasa cuando un estudio que es riguroso en todos los demás aspectos comienza por la idea no puesta a prueba de que hubo alguna forma original de sociedad humana; que su naturaleza era fundamentalmente buena o mala; que existió una época anterior a la desigualdad y a la conciencia política; que algo pareció cambiar todo esto; que civilización y complejidad siempre vienen al precio de las libertades humanas; que la democracia participativa es natural en grupos pequeños pero no puede darse a las escalas de una ciudad o un Estado-nación.
Ahora sabemos que estamos en presencia de mitos

Graeber&Wengrow, El amanecer de todo

Comprender las realidades del poder, sea en sociedades modernas, sea en sociedades antiguas, es reconocer este espacio entre lo que las élites afirman que pueden hacer y lo que realmente pueden hacer. Como señaló hace ya mucho tiempo el sociólogo Philip Abrams, no hacer esta distinción ha llevado a científicos sociales a incontables callejones sin salida, porque el Estado «no es la realidad que hay tras la máscara de la práctica política. Es, en sí, la máscara que impide que veamos nuestra práctica política como lo que realmente es». Para comprender esto último, sostiene, hemos de prestar atención a «los sentidos en los que el Estado no existe, más que a aquellos en los que sí lo hace».141 Ahora podemos ver que todos estos argumentos se aplican con tanta fuerza a los antiguos regímenes políticos como a los nuevos, si no más.

Graeber&Wengrow, El amanecer de todo

Como la guerra, el asunto del gobierno tendía a concentrarse en gran parte durante algunas épocas del año: había meses llenos de proyectos de construcción, concursos, festivales, censos, juramentos de lealtad, juicios y espectaculares ejecuciones, y otras épocas en las que los súbditos de un rey tendían a dispersarse para atender las más urgentes cuestiones de plantar, cosechar o pastorear. Esto no significa que esos reinos no fuesen reales: eran capaces de movilizar, así como de matar y mutilar, a miles de seres humanos. Tan solo significa que su realidad era, de facto, esporádica. Aparecían y se disolvían.

Braudel, El Mediterraneo y el mundo mediterraneo en la epoca de Felipe II

Así vio Montaigne la llanura de Luca, y Belon du Mans la de Brousse; así hemos visto siempre la llanura de Tremecén, valorizada ya por los romanos: en el centro, los huertos, los campos regados; en los bordes, los plantíos y los viñedos; un poco más lejos, la hilera de las aldeas célebres; el mismo espectáculo que tuvo bajo los ojos y que describió hacia 1515 León el Africano.194 Lejos de estos centros habitados se sitúan, como en virtud de la ley de los círculos de Thünen, las grandes propiedades de cultivo extensivo.19

Frazer, La Rama Dorada

Juzgando por estas pruebas, las costumbres de primavera y de la recolección de nuestros campesinos europeos merecen clasificarse como primitivas. No se eligen ni seleccionan clases especiales de personas ni lugares especiales para sus realizaciones; cualquiera puede desempeñarlas, amo o sirviente, casada o soltera, muchacho o jovencita; no son realizadas en tem plos ni iglesias, sino en los bosques y en los prados, junto a los arroyos, en los graneros y pajares, en las eras, en las granjas y las alquerías. Los seres sobrenaturales cuya existencia dan por sentada son espíritus mejor que deidades: sus funciones están limitadas a ciertos campos bien definidos de la naturaleza, sus nombres son comunes, como madre de la cebada, la vieja, la doncella, no nombres propios como Deméter, Perséfona y Dioni sos. Sus atributos genéricos son conocidos, mas sus historias individuales y caracteres no son tema de mitos. Existen como clase mejor que como individuos, y los miembros de cada clase son indistinguibles. Por ejemplo, cada rancho, estancia, hacienda, cortijo, todos tienen su madre del grano o su vieja o su doncella; pero cada madre del grano es muy semejante a todas las demás madres del grano y lo mismo respecto a las viejas y doncellas. Finalmente, en estas costumbres de recolección, como en las de primavera, el ritual es mágico mejor que propiciatorio. Esto se demuestra por el acto de arrojar al río a la madre del cereal con objeto de asegurar la lluvia y la humedad necesarias para las cosechas; por el de aumentar el peso de la vieja, con el designio de obtener una cosecha más grande al año siguiente; por el de diseminar el grano del último haz en los sembrados, durante la primavera, y por el de dar a comer la última gavilla al ganado para que medre.